Desde la autoproclamación de uno mismo como deshecho absoluto del proyecto inicial, desde el descubrimiento del ser febril y prescindible, desde la conciencia de que no ha conseguido una jodida meta ni éxito, desde la decepción más profunda y personal hasta llegar al abismo siempre recurrente de no querer ser uno mismo.
A partir de ahí todo lo que venga está de más, es de genios (o de obstinados) hacerlo peor y lo usual es ponerse la canción de Rocky y empezar a saltar sobre los despojos de ese hijoputa que no ha hecho nada por ti.
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