viernes, agosto 19, 2005

Nada

He leido que cuando no te queda nada que escribir, simplemente mueres.
Por eso tengo teorías contrastadas acerca de diversas suicidios literarios.
Yo había planeado el mío: algo trágico a la vez que artístico, quizá un ahorcamiento en la plaza más singular de la ciudad, no, eso no, que no iba a quedar demasiado en el recuerdo. Ahora las noticias rebuscan vísceras y escatología. La situación se vuelve entonces un poco más desagradable. Así, pensé en desollarme vivo en la plaza más grande de la ciudad, dolería demasiado, he determinado tras consultarlo con mi abogado.
Y tras múltiples posibilidades de sentencia busqué en sucesos, para tenerlo más claro.
No hace falta que reconozca que la intención final es darle publicidad a mi inédita obra.
Y resulta que lo más eficaz es morir por sobredosis de éxtasis líquido o que mi parienta me revane la cabeza tras una persecución por la ciudad. Lo han dicho en las noticias.
Está de moda y seguro le darian notoriedad a mi muerte y con suerte podría publicar.
Lo de la notoriedad a mi obra necesita la firma de un notario y la portada del noticiario. Agosto es la mejor época. Duran demasiado poco los telediarios.

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