He leido que cuando no te queda nada que escribir, simplemente mueres.
Por eso tengo teorías contrastadas acerca de diversas suicidios literarios.
Yo había planeado el mío: algo trágico a la vez que artístico, quizá un ahorcamiento en la plaza más singular de la ciudad, no, eso no, que no iba a quedar demasiado en el recuerdo. Ahora las noticias rebuscan vísceras y escatología. La situación se vuelve entonces un poco más desagradable. Así, pensé en desollarme vivo en la plaza más grande de la ciudad, dolería demasiado, he determinado tras consultarlo con mi abogado.
Y tras múltiples posibilidades de sentencia busqué en sucesos, para tenerlo más claro.
No hace falta que reconozca que la intención final es darle publicidad a mi inédita obra.
Y resulta que lo más eficaz es morir por sobredosis de éxtasis líquido o que mi parienta me revane la cabeza tras una persecución por la ciudad. Lo han dicho en las noticias.
Está de moda y seguro le darian notoriedad a mi muerte y con suerte podría publicar.
Lo de la notoriedad a mi obra necesita la firma de un notario y la portada del noticiario. Agosto es la mejor época. Duran demasiado poco los telediarios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario