No quiero volver a estudiar el último día.
No me compensa.
Lo paso mal.
Es repugnante.
Esa angustia.
Ese recorrer de las fechas perdidas.
Voy a cambiar, lo juro, voy a cambiar.
Y sobrevuelan fracasos pasados.
Y llega el último día y desaría que hubiese otro día más, para así dejarlo para mañana, otro día más... siempre.
Luego apruebo un 90% de las veces y me pregunto por qué no habré estudiado con varios días de antelación.
Definitivamente el cuerpo es sabio y sabe que con el mínimo esfuerzo le vale.
"La próxima vez lo dejaré en blanco" me digo. Y seguro que mi jodido organismo deduciría que lo hago para joderle y porque el último día ni siquiera había abierto el libro, por tanto al llegar al examen no me dejaría presentarme. Cabrón.
Muchas veces me asusto de lo poco que mandamos sobre nosotros mismos.
Como aquellas veces en las que yo quería abalanzarme sobre ella y sólo me salía un simple "Que buen día hace" en el ascensor.
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